¡Ops! Creo que Fontana ha cometido un terrible error…

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No hay necesidad de exagerar. Es sólo que compré Havana de Aramis con la expectativa de un perfume masculino, vintage, vagamente sensual y dotado de un fuerte carácter sin saber muy bien qué significaba todo esto y eso fue justo lo que recibí, con la excepción quizá del nebuloso atributo al que llamo «vagamente sensual» (tal vez porque temo que una sensualidad más ostensible provocaría una muesca en mi alma y una tensión irreconciliable entre mi aroma, con su decadente promesa, y las posibilidades reales cumplirla). Compré el perfume a ciegas, en Amazon, después de leer decenas de reseñas favorables rayanas en el entusiasmo semihistérico que uno puede identificar en Basenotes.net y Fragantica.com porque va envuelto en signos de exclamación. En fin, realicé el pedido el viernes, lo he recibido hoy lunes a las cuatro y media de la tarde y me propongo devolverlo mañana por la mañana. Me pregunto si Amazon me lo devolverá a mí a su vez cuando descubran, yo no he dicho otra cosa, que la caja no tiene papel de celofán. Por cierto que el olor de Havana rezumaba del paquete cerrado como una socarrona amenaza proyectada hacia el futuro desde la década de los ochenta, que es donde reside el espíritu de este perfume vestido con camisa desabrochada hasta el ombligo. Pensé que Havana pronunciaría a mi favor un mensaje dulce en la base con los flancos revestidos de tabaco, pero no, no lo hace. Su mensaje es distinto, autónomo y franco, más grande que mi soñolienta vida de pueblo pequeño y desde luego más grande que yo. También imaginé que sería una magnífica fragancia con la que tenderme a leer, pertrechado con un cóctel de fantasía, las novelas de Graham Greene, por eso de los tórridos enclaves coloniales en los que a menudo Greene situaba su obra, Nuestro hombre en La Habana y demás. No estoy seguro de haber logrado un éxito tampoco en eso.

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