En donde concurren dos principios:

Miss DeGeneres was also embarrassingly honest when she joked that either 12 Years a Slave would win the award for Best Picture or, alternatively, “you’re all racists.”

(De.) Por un lado, la responsabilidad que la izquierda académica atribuye a la raza blanca sobre todos los males que han afligido a la humanidad durante los últimos dos mil años. Susan Sontag lo expresó del siguiente modo:

The truth is that Mozart, Pascal, Boolean algebra, Shakespeare, parliamentary government, baroque churches, Newton, the emancipation of women, Kant, Marx, and Balanchine ballets don’t redeem what this particular civilization has wrought upon the world. The white race is the cancer of human history.

También, según recoge Tom Wolfe en El país de los marxistas rococó (reproducido en El periodismo canalla y otros artículos):

«La raza blanca es el cáncer de la historia de la humanidad; es la raza blanca y sólo ella —con sus ideologías e invenciones—, la que erradica a las poblaciones autónomas conforme gana terreno, con lo cual ha alterado el equilibrio ecológico y ahora amenaza incluso la existencia de la vida en el planeta».

[Y añade Wolfe, citado aprobatoriamente por quien suscribe:] ¿La raza blanca es el cáncer de la historia de la humanidad? ¿Quién era esa mujer? ¿Quién y qué? ¿Una antropóloga y epidemióloga? ¿Una reconocida autoridad en historia de la civilizaciones del mundo, una erudita con una capacidad de síntesis semejante a la de Max Weber, Joachim Wach, sir James Frazero o Arnold Touynbee? En realidad, sólo se trata de otra escritorzuela que se pasaba la vida acudiendo a actos de protesta y subiendo con torpeza al estrado, pertrechada con su estilo prosístico, una mujer que tenía un adhesivo de aparcamiento preferente en Partisan Review. Acaso constituye un ejemplo excepcional para ilustrar la frase de McLuhan sobre el hecho de que la indignación confería dignidad al necio, pero, aparte de eso, era simplemente una intelectual estadounidense más de la posguerra.

Segundo principio: la razón de fondo de la relación de todo blanco con todo negro es… el racismo. Como en: no votó a Obama porque es racista. Ser racista es racista. No ser racista es racista. El racismo es racista.

Investigación condicional: siempre que, etc.

En este sentido, el propio [Edward O.] Wilson se ha sumergido en aguas profundas, o quizá sería más apropiado decir en aguas frías. En su vida personal, Wilson es un liberal convencional, un hombre políticamente correcto (al fin y al cabo, es un miembro del cuerpo docente de Harvard) preocupado por problemas medioambientales y temas por el estilo. Sin embargo, ha dicho que «forzar roles similares» para hombres y mujeres «se opone a la milenaria tendencia de los mamíferos a la división del trabajo por sexos. El hecho de que esta división de tareas haya persistido desde las sociedades de cazadores-recolectores y durante la agrícola y la industrial, sugiere que tiene un origen genético. Ignoramos en qué momento de la evolución humana apreció esta tendencia ni cuán resistente es a las continuas y justificadas presiones en favor de los derechos humanos».

Al decir «resistente» habló Darwin II, el neurocientífico. «Justificadas» es, en cambio, un término más propio del liberal de Harvard. Sin embargo, Wilson no fue lo bastante liberal ni políticamente correcto. Como ya hemos visto, un grupo de manifestantes invadió una sala de actos donde él debía pronunciar una conferencia, le arrojaron un vaso de agua con hielo a la cara y empezaron a cantar: «¡Te equivocas! ¡Te equivocas!» Durante una entrevista con John Stossel, de la cadena de televisión ABC, Gloria Steinem, la feminista de más célebre de Estados Unidos, se mostró partidaria de interrumpir de inmediato los estudios sobre las diferencias genéticas entre hombres y mujeres.

Tom Wolfe, Lo lamento, pero su alma ha muerto, en El periodismo canalla y otros artículos.

Me viene a la cabeza una columna de Ross Douthat publicada hace unos días en el New York Times, Diversity and Dishonesty, que comienza así:

Earlier this year, a column by a Harvard undergraduate named Sandra Y. L. Korn briefly achieved escape velocity from the Ivy League bubble, thanks to its daring view of how universities should approach academic freedom.

Korn proposed that such freedom was dated and destructive, and that a doctrine of “academic justice” should prevail instead. No more, she wrote, should Harvard permit its faculty to engage in “research promoting or justifying oppression” or produce work tainted by “racism, sexism, and heterosexism.” Instead, academic culture should conform to left-wing ideas of the good, beautiful and true, and decline as a matter of principle “to put up with research that counters our goals.”

Puedo escuchar el clic.

Puede que William Goldman lo dijera primero…

… pero yo lo escribo con la misma convicción:

I read The right stuff [Lo que hay que tener] as a reader. I was said it was terrific, but that proved to be a understatement. It was just a mastery piece of work, one of the more exciting reads I’ve had in a decade.

William Goldman, Adventures in the screen trade. (En Amazon. También en Amazon y en la Casa del Libro Lo que hay que tener, de Tom Wolfe.)

Y así nació «Emboscada»

Al abrir mi viejo ejemplar de El periodismo canalla y otros artículos para consultar cierto detalle he descubierto una breve referencia a la novella Emboscada en Fort Bragg, que mencioné a principios de mes. (No os molestéis en seguir el enlace; tan sólo dije que se trataba de una copia de segunda mano y que me había conmovido la dedicatoria que la hija del anterior propietario le había escrito a su padre en la página del título.) Como quiera que sea, el libro me ha causado una gran impresión por motivos que mencionaré más extensamente en otra ocasión —por lo respecta a este blog, parece que siempre es «otra ocasión»—, y leer lo que Tom Wolfe dice sobre sus orígenes me ha provocado un inesperado entusiasmo:

El libro [Todo un hombre] había de aventurarse también tras las cámaras de la televisión para desnudar el mundo de sus informativos; en su momento, se me ocurrió un giro en la trama: un programa de la televisión por cable organizaría una completa operación para atrapar a tres soldados en Fort Bragg, Carolina del Norte, que eran los sospechosos de un asesinato. Por lo tanto, me pasé otra eternidad informándome sobre las prácticas de los informativos de la televisión por cable y la vida del ejército en Fort Bragg y en Bragg Boulevard, la chabacana calle comercial de la base. Pero ¿qué tenía eso que ver con Todo un hombre, cuya acción transcurre en Georgia y California? Nada.

El caso es que Todo un hombre es mi novela favorita de Tom Wolfe. Vivo en un pueblo pequeño sin librería, y por aquel entonces, cuando la compré, no tenía acceso a Internet para encargarla en línea, de modo que un día cogí el autobús matinal a Jerez, anduve hasta El Corte Inglés —podría ser Carrefour—, pagué mi ejemplar, regresé a la estación y esperé como un niño bueno —un niño bueno de 19 años— la llegada del autobús de la tarde. Sé que no hay mucha historia en lo que acabo de contar, pero ilustra muy bien las ganas que tenía de hincarle el diente a la novela. Entonces yo era todavía un muchacho terriblemente tímido y nada desenvuelto, y manejarme sólo, incluso en un escenario tan inofensivo como el que acabo de describir, exigía de mí un enorme esfuerzo. A propósito, creo que debería volver a leer El periodismo canalla. Lo haré cuando tenga oportunidad.

(Puedes comprar los libros de Tom Wolfe —o lo que quieras, bien pensado— en Amazon y en la Casa del Libro.)

Me pregunto qué fue de él.

He comprado la novella de Tom Wolfe Emboscada en Fort Bragg de segunda mano a través de Internet. El libro está descatalogado. El vendedor advertía que el ejemplar llevaba la firma del anterior propietario, pero eso no es exactamente cierto; lo que lleva es una dedicatoria que dice así:

Para papá, con cariño

Carol 19/03/97.

Me pregunto —dije—, qué fue de él, pero lo imagino. E imagino también que cada vez que abra este libro experimentaré una cierta tristeza, un tibio desánimo mientras pienso, aunque sólo sea por un momento, en el cariño de la hija hacia su padre y en que ahora, extrañamente, yo soy el inopinado depositario de una prueba de ese afecto. De repente me parece un libro importante, y no sólo porque en la portada figure el nombre de uno de mis escritores favoritos. A propósito, no hay libro electrónico que supere esto.

En cuanto a las preguntas que hoy día terminarían con tu carrera (¡elige una! ¡intenta contestarla!):

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Las preguntas que te hacían [los periodistas a las esposas de los astronautas] eran increíblemente simplonas, y, sin embargo, no había manera fácil de contestarlas. En cuanto tocabas una, te estallaba en la cara como un chicle.

—¿Qué hay en su corazón?

—¿Qué consejo les da a las otras mujeres cuyos maridos tienen que pasar por situaciones peligrosas?

—¿Cuál es el primer guiso que piensa prepararle (a Al, Gus, John, Scott, Wally o Gordon)?*

—¿Tuvo la sensación de estar con él mientras él estaba en órbita?

¡Elige una! ¡Intenta contestarla!

Tom Wolfe, Lo que hay que tener. (También en Casa del Libro.)

*Y la opción ganadora es.

Tom Wolfe es un tipo despiadado, pero eso ya lo sabíamos. Conviene no dejarse engañar por su encanto sureño, porque detrás de esa figura larguirucha y torcida se esconde, bueno, ¡la bruja, la bruja mala del cuento! ¡Tom Wolfe lo ve todo!

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De Nueva York dice:

¡Aquella ciudad gris rata tan espantosa se convertía de pronto en una ciudad maravillosa, cálida!

En el contexto en el que fue escrita esta frase te hace retorcerte en el suelo, sacudido por las carcajadas. Posiblemente tenga mucho de cierto eso que dicen de que Wolfe es un escritor de grandes paisajes humanos y no de personajes, de panoramas y no de interioridades, pero, en lo concerniente a la posición de cada uno en el orden social, Wolfe es único. Si no ve lo que otros ven, sabe el cielo que ve lo que otros no ven.

Pese a la oleada de vítores y lágrimas iniciada en Washington, ninguno de ellos sabía qué podría pasar en Nueva York. Como casi todos los militares, incluidos los del astillero de la Marina de Brooklyn, en realidad no consideraban a Nueva York parte de Estados Unidos. Era como un puerto libre, una ciudad sin Estado, un protectorado internacional, Danzig en el pasillo polaco, Beirut la encrucijada de Oriente Medio, Trieste, Zúrich, Macao, Hong Kong. Los ideales de los militares no se correspondían con los de la ciudad de Nueva York. Era una ciudad extranjera poblada por una raza extraña de gentes grises y deformes y extrañamente pequeñas, y etc., etc.

A Houston y sus inseguridades sociales el malvado Tom los destripa así:

El 4 de julio no era el momento del año para que lo llevasen a uno a Houston, Tejas, aunque sería difícil decir cuál podría ser el  momento adecuado. Houston era durante ocho meses un sumidero de vahos increíblemente tórridos con una masa de asfalto blanco llamada el Centro en el medio. Luego, durante dos meses, a partir de noviembre, bajaban barriendo del Canadá los vientos más sobrecogedores, como por una tubería, y el torpor húmedo de convertía en frío húmedo. Los dos meses restantes eran los moderados, aunque no exactamente lo que se podría llamar primavera. Las nubes cerraban el cielo como una tapa,  las refinerías de petróleo de la  Bahía de Galveston saturaban el aire, la nariz, los pulmones, el corazón y el alma con el aroma gaseoso del hedor del petróleo. Por todas partes había bahías, lagos, lagunas y estuarios pantanosos, tan grasientos y  tóxicos todos ellos que si yendo en una barca de remos dejabas la mano en el agua, la perdías. Los pescadores solían decir muy complacidos a los domingueros: «No fumen ahí fuera porque incendiarán la bahía…» Allí tenían su residencia todas las culebras venenosas conocidas en Norteamérica: cascabel, víboras, mocasín de agua, corales.

[…] Los muchachos y sus esposas empezaron a darse cuenta de que aquella gente, los hombres de negocios y los políticos, consideraban la inauguración del Centro de Vuelos Espaciales Tripulados y la llegada de los astronautas como una de las cosas más importantes de la historia de Houston. Todas las tiendas y almacenes de categoría, los grandes  bancos y museos y otras grandes instituciones, toda la clase alta, toda la Cultura, todo estaba en Dallas. Para Houston, Dallas era París, en cuanto ponías el reloj según el horario americano; Houston sólo era petróleo y gentes que te estrujaban la mano al estrechártela. El programa espacial y los siete astronautas del Mercury darían respetabilidad a una ciudad de nuevos ricos, legitimarían una parte del alma norteamericana. Por eso, el gran desfile se abría con el congresista Albert Thomas que agitaba su sombrero para indicar el inicio de la redención de Houston.

Todo lo cual sale de Lo que hay que tener.

Visión panorámica…

John Glenn, como buen presbiteriano, sabía que rezar en público no constituía ninguna infracción de las normas de la fe. Su credo lo alentaba incluso: era un ejemplo saludable para el público. Y John Glenn no se sentía en absoluto incómodo por el hecho de que en la Norteamérica de después de la Segunda Guerra Mundial1 la virtud fuera algo pasado de moda. A veces, parecía disfrutar sorprendiendo a la gente con su limpia conducta. Incluso cuando no contaba más de nueve años de edad, era el tipo de muchacho que interrumpía un partido de fútbol para leer la ley antidisturbios a cualquier otro muchacho de nueve años que gritara «maldita sea» o «mierda» porque el partido no iba bien. Esta era una actitud insólita incluso en el lugar donde se crió, en New Concord, Ohio; aunque allí no resultaba tan extraordinaria como podría haberlo resultado en muchísimos otros sitios. New Concord era un tipo de pueblo, en otros tiempos muy frecuente en Norteamérica, cuyos peculiares orígenes habían tendido a desaparecer en la amnesia colectiva cuando tout le monde empezó a querer parecer urbano2. Es decir, el pueblo empezó siendo una comunidad religiosa. Cien años atrás, cualquier habitante de New Concord con ambiciones que llegase tan alto como para ser propietario de una tienda de ultramarinos o más aún, ingresaba en la iglesia presbiteriana; y cuando Glenn estaba creciendo, en los años veinte y en los años treinta, aún persistía en parte este sobrecogedor voltaje de presbiterianismo vivo. Su padre era bombero de la compañía de ferrocarriles y hombre muy religioso, y su madre, una ama de casa muy trabajadora y también muy de iglesia, y Glenn asistía a la escuela dominical y a las funciones eclesiásticas y aguantó centenares de interminables oraciones presbiterianas, y la iglesia y la fe y la vida pura le iban muy bien. No había la menor contradicción entre el credo presbiteriano y la ambición, incluso la ambición desbocada, incluso una ambición lo bastante grande para satisfacer el ego invisible del jinete de caza. Un buen presbiteriano mostraba su elección del bando del Señor y de las huestes celestiales mediante su éxito en este mundo. El presbiterianismo estaba hecho a medida, en cierto modo, para la gente que intentaba triunfar en esta vida, además de en las llanuras del cielo; lo cual era una buena cosa, porque John Glenn, con su alegre cara redondeada y pecosa de muchacho de campo, era tan ambicioso como cualquier otro piloto que hubiese arrastrado su feliz carga de amor propio pirámide arriba.

Tom Wolfe, Lo que hay que tener.

Un logro prodigioso del paganismo.

2 Hoy día, por el contrario, el esnobismo consiste en adoptar una especie de idealización pastoril muy parecida a un decorado de televisión. («Pastoril» en el sentido de sofá de quince mil euros que proporcionará un toque acogedor a la vez que moderno y sofisticado a la sala de estar de su casa de fin de semana.)