The Habit of Being: Letters of Flannery O’Connor

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Es obvio que en algún momento tendré que comprar este libro:

I was once, five or six years ago, taken by some friends to have dinner with Mary McCarthy and her husband, Mr. Broadwater. (She just wrote that book, “A Charmed Life.”) She departed the Church at the age of 15 and is a Big Intellectual. We went at eight and at one, I hadn’t opened my mouth once, there being nothing for me in such company to say. . . . Having me there was like having a dog present who had been trained to say a few words but overcome with inadequacy had forgotten them.

Well, toward morning the conversation turned on the Eucharist, which I, being the Catholic, was obviously supposed to defend. Mrs. Broadwater said when she was a child and received the host, she thought of it as the Holy Ghost, He being the most portable person of the Trinity; now she thought of it as a symbol and implied that it was a pretty good one. I then said, in a very shaky voice, Well, if it’s a symbol, to hell with it.

That was all the defense I was capable of but I realize now that this is all I will ever be able to say about it, outside of a story, except that it is the center of existence for me; all the rest of life is expendable.

Copiado de. En cuanto al sentido del texto, hay muchas formas de decirlo.

¿No fue Dostoyevski? Entonces O’Connor en boca del Desequilibrado.

—Jesús es el único qu’ha resucitao a los muertos —continuó el Desequilibrado—, y no tendría qu’haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces solo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces solo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad —dijo, y su voz casi se había transformado en un gruñido.

Flannery O’Connor, Un hombre bueno es difícil de encontrar.

(Puedes comprarlo en Amazon y en la Casa del Libro.)

How this came to be is a complicated story involving the rise of humanism, the advent of the Enlightenment, and the coming of modernity. As philosopher Charles Taylor writes in his magisterial religious and cultural history A Secular Age, “The entire ethical stance of moderns supposes and follows on from the death of God (and of course, of the meaningful cosmos).” To be modern is to believe in one’s individual desires as the locus of authority and self-definition.

Negritas añadidas. Bueno, a mí me parece un caldo de cultivo perfecto al que sacarle partido. (Si es que el panorama en su conjunto es en realidad tan desolado; y aunque el pesimismo constituye un rasgo dominante de mi personalidad, no me apresuraría a sacar conclusiones demasiado favorables para los que ya están cantando —incluso si sólo es secretamente— victoria. La sociología, la historia, la antropología son… mujeres complicadas.)

«Polls Confirm that Pope Francis Is Really, Really Popular»

Informa Relevant Magazine. Pero la última vez que pensé en ello no se trataba de un concurso de popularidad, y sospecho que hoy sigue siendo igual de cierto que la misión del Papa no consiste en suscitar la simpatía de las masas dirigiéndole los mensajes tibios y bienintencionados que la sociedad moderna está habituada a escuchar, sino, por el contrario, en sacarla del estupor azucarado, como de digestión pesada, en que lo que una vez fue el Occidente cristiano se ha sumido durante las últimas décadas.

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La realidad es que no hay mucho de simpatía ni de complacencia en el mensaje del Evangelio, por lo menos si lo comparamos con las convicciones dominantes del mundo moderno. (Las «convicciones dominantes» de la élite, se entiende, no las del común de los mortales, porque si confrontásemos las inclinaciones morales del «pueblo llano» con la de los creadores de opinión nos llevaríamos una explosiva sorpresa.) No digo que haya nada de malo en la popularidad del Papa; lo que digo es que hay algo terrible en las causas de la popularidad del Papa. El mensaje de Jesucristo —el original, el que está escrito en papel, no las aguadas interpretaciones que los ateos que nunca han leído la Biblia publican en Twitter de acuerdo con su educación de Barrio Sésamo— no tuvo nada de complaciente.duck-dynasty-phil-robertson2 Y si ese penoso episodio de Duck Dynasty que ha ocurrido en Estados Unidos, protagonizado por un patriarca familiar famoso en televisión que ha condenado la homosexualidad y, de hecho, todos los pecados de naturaleza sexual, de acuerdo con los preceptos de la Biblia, y a continuación ese patriarca ha sido escupido de su propio programa de televisión después de que una asociación de derechos de los homosexuales —de los homosexuales miembros, no de los homosexuales en general, que seguramente son mayoritariamente cristianos— se haya quejado y exigido una reparación, como si dijéramos… en fin, lo más grotesco de todo ocurrió cuando el portavoz de la asociación se apresuró a adueñarse de la sana doctrina cristiana al afirmar que «Phil and his family claim to be Christian, but Phil’s lies about an entire community fly in the face of what true Christians believe», realmente Phil refleja bastante mejor el cristianismo que el tal Wilson Cruz, bueno, todo esto es ridículo, ha ocurrido nada menos que en Estados Unidos, demonios, y la lección nos enseña que todo ha cambiado, cambiado del todo, y no ha nacido una terrible belleza.

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“To you is born this day in the city of David a Saviour, who is Christ the Lord. And this will be a sign for you: you will find a babe wrapped in swaddling clothes and lying in a manger” (Lk 2:11-12). Nothing miraculous, nothing extraordinary, nothing magnificent is given to the shepherds as a sign. […]

God’s sign is simplicity. God’s sign is the baby. God’s sign is that he makes himself small for us. This is how he reigns. He does not come with power and outward splendour. He comes as a baby – defenceless and in need of our help. He does not want to overwhelm us with his strength. He takes away our fear of his greatness. He asks for our love: so he makes himself a child. He wants nothing other from us than our love, through which we spontaneously learn to enter into his feelings, his thoughts and his will – we learn to live with him and to practise with him that humility of renunciation that belongs to the very essence of love. God made himself small so that we could understand him, welcome him, and love him.”

Benedicto XVI. (Vía.)

Dawkins y su ¿defensa? de la pedofilia

Richard Dawkins se ha empantanado, quién lo desempantanará, etc. O más probablemente las torvas élites que sonríen desde sus principescas oficinas de paredes de cristal lo consideren una travesura menor… una travesura por la que tal vez alberguen ciertas simpatías. Primero la sonda, amigos, primero la sonda.

***

Dudo que el nombre de Dawkins produzca en España la misma reacción de perplejo reconocimiento que en el mundo anglosajón, donde se ha establecido como el pontífice máximo de esa bravucona modalidad del ateísmo moderno bautizada como «nuevo ateísmo» y «ateísmo pop». En todo caso no voy a dedicarle mucho tiempo a las presentaciones; baste decir que se trata de un científico muy ilustre en el campo de la biología y que, junto con Christopher Hitchens, fallecido hace un par de años a causa de un cáncer, Sam Harris y Daniel Bennett ha emprendido una entusiasta batalla para erradicar la fe en Dios de la esfera pública y, a ser posible, de la esfera privada también. Dawkins fue uno de los abajofirmantes de la campaña de marketing organizada bajo el lema: «Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta la vida». Al Altísimo le dedica Dawkins estas palabras en su bestseller The God delusion (La ilusión de Dios):

The God of the Old Testament is arguably the most unpleasant character in all fiction: jealous and proud of it; a petty, unjust, unforgiving control-freak; a vindictive, bloodthirsty ethnic cleanser; a misogynistic, homophobic, racist, infanticidal, genocidal, filicidal, pestilential, megalomaniacal, sadomasochistic, capriciously malevolent bully.

Creo que Dawkins se verá en un serio aprieto cuando le cuelguen la etiqueta identificativa en el dedo gordo del pie. La última polémica suscitada por este hombre malvado y más bien perverso, quizá algo enfermo, tiene que ver con sus declaraciones a The Times Magazine (€, extracto gratuito) en las que afirma:

One master at his public school, Oundle, he writes, “was prone to fall in love with the prettier boys. He never, as far as we knew, went any further than to put an arm around them in class and make suggestive remarks, but nowadays that would probably be enough to land him in terrible trouble with the police – and tabloid-inflamed vigilantes.”

Asegura además que sus propias experiencias como víctima de abuso sexual, aunque embarazosas, no le causaron un daño duradero.

In the book, Dawkins mentions one occasion when a teacher put a hand down his trousers at a prep school in Salisbury, and four others at Oundle, when he “had to fend off nocturnal visits to my bed from senior boys much larger and stronger than I was”.

Lo sorprendente es que esta controversia, de efectos limitados gracias a las simpatías cosechadas por Dawkins en determinados círculos —y gracias también al desvanecimiento de la vieja moralidad del escenario público—, se haya desencadenado en este momento en lugar de hace siete años, cuando el conspicuo biólogo evolutivo escribió lo siguiente en The God delusion:

In fairness to the News of the World, at the time of its campaign passions had been aroused by a truly horrifying murder, sexually motivated, of an eight-year-old girl kidnapped in Sussex. Nevertheless, it is clearly unjust to visit upon all pedophiles a vengeance appropriate to the tiny minority who are also murderers. All three of the boarding schools I attended employed teachers whose affection for small boys overstepped the bounds of propriety. That was indeed reprehensible. Nevertheless if, fifty years on, they had been hounded by vigilantes or lawyers as no better than child murderers, I should have felt obliged to come to their defense, even as the victim of one of them (an embarrassing but otherwise harmless experience).

Una vez más trata Dawkins de atenuar la gravedad de los abusos sexuales con las palabras:

Priestly abuse of children is nowadays taken to mean sexual abuse, and I feel obliged, at the outset, to get the whole matter of sexual abuse into proportion and out of the way. Others have noted that we live in a time of hysteria about pedophilia, a mob psychology that calls to mind the Salem witch-hunts of 1692.

Quién lo iba a decir, Dawkins defendiendo a la Iglesia Católica, aunque quizá con los peores argumentos:

The Roman Catholic Church has borne a heavy share of such retrospective opprobrium. For all sorts of reasons I dislike the Roman Catholic Church. But I dislike unfairness even more, and I can’t help wondering whether this one institution has been unfairly demonized over the issue, especially in Ireland and America.

[…] In the particular case of Ireland, even without the sexual abuse, the brutality of the Christian Brothers, responsible for the education of a significant proportion of the male population of the country, is legendary. And the same could be said of the often sadistically cruel nuns who ran many of Ireland’s girls’ schools. The infamous Magdalene Asylums, subject of Peter Mullan’s film The Magdalene Sisters, continued in existence until as late as 1996.

Ahora sabemos, sin embargo, que la historia de las Hermanas Magdalenas no es más que un cuento de viejas confeccionado por y a la medida de los sofisticados anticatólicos de postín tan en boga hoy día; y aunque sería un gesto de enorme altura que Dawkins se retractara, no me sentaré a esperar. El bocado es demasiado goloso para dejarlo escapar, incluso si se trata tan solo de una leyenda urbana.

***

Resulta extraño que para disputar la magnitud del trauma provocado por los abusos sexuales, Dawkins se limite a extrapolar su propia experiencia, que él ha desestimado como un recuerdo lejano e inocuo, a todos los demás casos de niños maltratados; a fin de cuentas Dawkins siempre anda exigiendo un respaldo científico para cualquier cosa que se diga, es justo reclamarle ahora que avale sus declaraciones con algo más que una experiencia aislada. Por si esto no fuera suficiente, Dawkins demuestra un presuntuoso desprecio por aquellos padres que, a diferencia de él, consideran la pedofilia una amenaza real y terrible para sus hijos.

Pero Richard Dawkins no es, a pesar de todo, ningún idiota, y sabe muy bien lo que hace al denunciar capciosamente la arraigada costumbre de juzgar comportamientos considerados normales en el pasado de acuerdo con los parámetros morales vigentes en la actualidad, y sugiere que este principio es aplicable también a los casos de pedofilia que tuvieron lugar hace cincuenta años. Lo interesante, hete aquí el engaño, es que los patrones morales de hoy día en lo concerniente a la pedofilia son los mismos patrones que existían cuando el pequeño Dawkins vestía trajecito escolar; aún más, la sexualidad era contemplada entonces con bastante más severidad de lo que lo es en los albores del siglo XXI, así que no hay ninguna razón ni para disculpar los abusos que ocurrieron entonces, pues quienes los perpetraron conocían perfectamente la inmoralidad de lo que estaban haciendo, ni para atenuar la legítima actitud vengativa con la que el público de hoy juzga los abusos sexuales que siguen teniendo lugar.

***

Recuerdo la reacción del profesor Dawkins el pasado febrero a la renuncia S.S. el Papa Benedicto XVI al trono de San Pedro; fue tan reveladora como una confesión y decía lo siguiente, vía Twitter:

I feel sorry for the Pope and all old Catholic priests. Imagine a wasted life to look back on a no sex.

Je, por cierto que las respuestas de la jauría de Dawkins son casi tan edificantes como el ruin sentido del humor del jefe de la banda; pueden leerse aquí. Sea como sea, está claro que el gran biólogo/pequeño intelectual tiene un problema con el sexo. La evolución me obligó a hacerlo y demás.

Todo este asunto me ha puesto la mosca detrás de la oreja, como el zumbido de algo que no se ha dicho y que ya he sugerido al comienzo de este post: «más probablemente las torvas élites que sonríen desde sus principescas oficinas de paredes de cristal lo consideren una travesura menor… una travesura por la que tal vez alberguen ciertas simpatías». Por supuesto que no hablo específicamente de Dawkins; no es que el profesor haya sugerido que los abusos sexuales «suaves» deban establecerse como materia escolar. No llega a eso. Su estilo es más ladino: se ha limitado a afirmar que existe una referencia sólida para tomarle la medida a la pederastia, un punto por debajo del cual la pedofilia no es, después de todo, más que un pecadillo venial, y por encima del cual el inocente manoseo se transforma en una agresión sexual en toda regla.

En cierto modo tiene sentido. Tratándose de un ateo convencido, cuenta al menos con una ventaja sobrecogedora: puede dirimir cualquier conflicto moral a voluntad, sin más responsabilidad que su propia satisfacción. Quizá, a fin de cuentas, de eso se trate… y eso sea todo. Supongo que cuando escribió «You can be an atheist who is happy, balanced, moral, and intellectually fulfilled», Dawkins sólo estaba siendo irónico.

Einstein vs. la religión

Si la ciencia es el único método disponible —más aún, si es siquiera un instrumento válido— en el arsenal del hombre para responder a la pregunta ancestral de si existimos en un universo puramente material, entonces es obvio que Albert Einstein constituye un poderoso argumento de autoridad. Si, por el contrario, Dios existe más allá de los márgenes de la ciencia, si Sus atributos no son cuantificables, reproducibles ni predecibles, entonces el nombre del genio alemán se vuelve completamente irrelevante en el contexto de esta conversación.

En cualquier caso, tanto conocimiento, tan poca sabiduría.

«La palabra Dios para mí no es más que la expresión y el producto de la debilidad humana y la Biblia una colección de honorables pero primitivas leyendas». Con esta rotundidad se expresaba Albert Einstein, en una carta escrita en 1954 que saldrá a subasta el próximo lunes a través del portal eBay.

[…] En la carta, Einstein afirma que, en su opinión, el judaísmo y todas las religiones son «la encarnación de las supersticiones más infantiles».

La carta atea de Albert Einstein, a subasta en internet.

Ladran…

La carta que sigue fue enviada al ayuntamiento de una pequeña ciudad norteamericana por el abogado de la asociación anti-religiosa laicista Freedom from religion Foundation:

Deje inmediatamente de usar ese escudo [en el que figura una iglesia] y adopte una nueva representación de la ciudad que incluya a todos los ciudadanos. Ningún argumento sobre la significación cultural o histórica de la iglesia o de la cruz en el escudo de la ciudad exime a la ciudad del cumplimiento de sus obligaciones constitucionales. La ciudad no puede incluir la iglesia o la cruz porque al hacerlo pone el sello de la cristiandad sobre la ciudad. Esto excluye a los [no] cristianos y no es constitucional. Tenéis la batalla perdida.

De aquí.

[Actualización.] Este asunto me hace hervir la sangre. Tim Stanley trata astutamente la cuestión de la separación iglesia-estado en The American separation of church and state is a myth – just ask Barack Obama.