Pero la cosa ya no tenía arreglo. Ocho días más tarde, cuando estaba tendiendo la ropa blanca en el patio, tuvo un vómito de sangre. Al día siguiente, cuando Charles estaba a punto de correr las cortinas de la venta, de espaldas a su mujer, ella dijo: «¡Ay, Dios mío!», lanzó un suspiro y perdió el conocimiento. ¡Qué cosa más sorprendente! Resulta que estaba muerta.

Gustave Flaubert, Madame Bovary.

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