Puede que William Goldman lo dijera primero…

… pero yo lo escribo con la misma convicción:

I read The right stuff [Lo que hay que tener] as a reader. I was said it was terrific, but that proved to be a understatement. It was just a mastery piece of work, one of the more exciting reads I’ve had in a decade.

William Goldman, Adventures in the screen trade. (En Amazon. También en Amazon y en la Casa del Libro Lo que hay que tener, de Tom Wolfe.)

En cuanto a las preguntas que hoy día terminarían con tu carrera (¡elige una! ¡intenta contestarla!):

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Las preguntas que te hacían [los periodistas a las esposas de los astronautas] eran increíblemente simplonas, y, sin embargo, no había manera fácil de contestarlas. En cuanto tocabas una, te estallaba en la cara como un chicle.

—¿Qué hay en su corazón?

—¿Qué consejo les da a las otras mujeres cuyos maridos tienen que pasar por situaciones peligrosas?

—¿Cuál es el primer guiso que piensa prepararle (a Al, Gus, John, Scott, Wally o Gordon)?*

—¿Tuvo la sensación de estar con él mientras él estaba en órbita?

¡Elige una! ¡Intenta contestarla!

Tom Wolfe, Lo que hay que tener. (También en Casa del Libro.)

*Y la opción ganadora es.

Tom Wolfe es un tipo despiadado, pero eso ya lo sabíamos. Conviene no dejarse engañar por su encanto sureño, porque detrás de esa figura larguirucha y torcida se esconde, bueno, ¡la bruja, la bruja mala del cuento! ¡Tom Wolfe lo ve todo!

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De Nueva York dice:

¡Aquella ciudad gris rata tan espantosa se convertía de pronto en una ciudad maravillosa, cálida!

En el contexto en el que fue escrita esta frase te hace retorcerte en el suelo, sacudido por las carcajadas. Posiblemente tenga mucho de cierto eso que dicen de que Wolfe es un escritor de grandes paisajes humanos y no de personajes, de panoramas y no de interioridades, pero, en lo concerniente a la posición de cada uno en el orden social, Wolfe es único. Si no ve lo que otros ven, sabe el cielo que ve lo que otros no ven.

Pese a la oleada de vítores y lágrimas iniciada en Washington, ninguno de ellos sabía qué podría pasar en Nueva York. Como casi todos los militares, incluidos los del astillero de la Marina de Brooklyn, en realidad no consideraban a Nueva York parte de Estados Unidos. Era como un puerto libre, una ciudad sin Estado, un protectorado internacional, Danzig en el pasillo polaco, Beirut la encrucijada de Oriente Medio, Trieste, Zúrich, Macao, Hong Kong. Los ideales de los militares no se correspondían con los de la ciudad de Nueva York. Era una ciudad extranjera poblada por una raza extraña de gentes grises y deformes y extrañamente pequeñas, y etc., etc.

A Houston y sus inseguridades sociales el malvado Tom los destripa así:

El 4 de julio no era el momento del año para que lo llevasen a uno a Houston, Tejas, aunque sería difícil decir cuál podría ser el  momento adecuado. Houston era durante ocho meses un sumidero de vahos increíblemente tórridos con una masa de asfalto blanco llamada el Centro en el medio. Luego, durante dos meses, a partir de noviembre, bajaban barriendo del Canadá los vientos más sobrecogedores, como por una tubería, y el torpor húmedo de convertía en frío húmedo. Los dos meses restantes eran los moderados, aunque no exactamente lo que se podría llamar primavera. Las nubes cerraban el cielo como una tapa,  las refinerías de petróleo de la  Bahía de Galveston saturaban el aire, la nariz, los pulmones, el corazón y el alma con el aroma gaseoso del hedor del petróleo. Por todas partes había bahías, lagos, lagunas y estuarios pantanosos, tan grasientos y  tóxicos todos ellos que si yendo en una barca de remos dejabas la mano en el agua, la perdías. Los pescadores solían decir muy complacidos a los domingueros: «No fumen ahí fuera porque incendiarán la bahía…» Allí tenían su residencia todas las culebras venenosas conocidas en Norteamérica: cascabel, víboras, mocasín de agua, corales.

[…] Los muchachos y sus esposas empezaron a darse cuenta de que aquella gente, los hombres de negocios y los políticos, consideraban la inauguración del Centro de Vuelos Espaciales Tripulados y la llegada de los astronautas como una de las cosas más importantes de la historia de Houston. Todas las tiendas y almacenes de categoría, los grandes  bancos y museos y otras grandes instituciones, toda la clase alta, toda la Cultura, todo estaba en Dallas. Para Houston, Dallas era París, en cuanto ponías el reloj según el horario americano; Houston sólo era petróleo y gentes que te estrujaban la mano al estrechártela. El programa espacial y los siete astronautas del Mercury darían respetabilidad a una ciudad de nuevos ricos, legitimarían una parte del alma norteamericana. Por eso, el gran desfile se abría con el congresista Albert Thomas que agitaba su sombrero para indicar el inicio de la redención de Houston.

Todo lo cual sale de Lo que hay que tener.

Visión panorámica…

John Glenn, como buen presbiteriano, sabía que rezar en público no constituía ninguna infracción de las normas de la fe. Su credo lo alentaba incluso: era un ejemplo saludable para el público. Y John Glenn no se sentía en absoluto incómodo por el hecho de que en la Norteamérica de después de la Segunda Guerra Mundial1 la virtud fuera algo pasado de moda. A veces, parecía disfrutar sorprendiendo a la gente con su limpia conducta. Incluso cuando no contaba más de nueve años de edad, era el tipo de muchacho que interrumpía un partido de fútbol para leer la ley antidisturbios a cualquier otro muchacho de nueve años que gritara «maldita sea» o «mierda» porque el partido no iba bien. Esta era una actitud insólita incluso en el lugar donde se crió, en New Concord, Ohio; aunque allí no resultaba tan extraordinaria como podría haberlo resultado en muchísimos otros sitios. New Concord era un tipo de pueblo, en otros tiempos muy frecuente en Norteamérica, cuyos peculiares orígenes habían tendido a desaparecer en la amnesia colectiva cuando tout le monde empezó a querer parecer urbano2. Es decir, el pueblo empezó siendo una comunidad religiosa. Cien años atrás, cualquier habitante de New Concord con ambiciones que llegase tan alto como para ser propietario de una tienda de ultramarinos o más aún, ingresaba en la iglesia presbiteriana; y cuando Glenn estaba creciendo, en los años veinte y en los años treinta, aún persistía en parte este sobrecogedor voltaje de presbiterianismo vivo. Su padre era bombero de la compañía de ferrocarriles y hombre muy religioso, y su madre, una ama de casa muy trabajadora y también muy de iglesia, y Glenn asistía a la escuela dominical y a las funciones eclesiásticas y aguantó centenares de interminables oraciones presbiterianas, y la iglesia y la fe y la vida pura le iban muy bien. No había la menor contradicción entre el credo presbiteriano y la ambición, incluso la ambición desbocada, incluso una ambición lo bastante grande para satisfacer el ego invisible del jinete de caza. Un buen presbiteriano mostraba su elección del bando del Señor y de las huestes celestiales mediante su éxito en este mundo. El presbiterianismo estaba hecho a medida, en cierto modo, para la gente que intentaba triunfar en esta vida, además de en las llanuras del cielo; lo cual era una buena cosa, porque John Glenn, con su alegre cara redondeada y pecosa de muchacho de campo, era tan ambicioso como cualquier otro piloto que hubiese arrastrado su feliz carga de amor propio pirámide arriba.

Tom Wolfe, Lo que hay que tener.

Un logro prodigioso del paganismo.

2 Hoy día, por el contrario, el esnobismo consiste en adoptar una especie de idealización pastoril muy parecida a un decorado de televisión. («Pastoril» en el sentido de sofá de quince mil euros que proporcionará un toque acogedor a la vez que moderno y sofisticado a la sala de estar de su casa de fin de semana.)

Y una más. Siguiendo con el genio cómico de Tom Wolfe…

Una de mis escenas favoritas aparece en Todo un hombre y tiene que ver con los manejos de una calculadora. Pero eso lo dejaré para otra ocasión. Ahora permitidme, bueno, reproducir lo siguiente:

Los candidatos debían presentar dos muestras de heces al laboratorio de la clínica en vasos de papel, y pasaban los días y Conrad [el tercer hombre en pisar la Luna – nota S.F.] no había conseguido excretar ni siquiera una, y los médicos seguían detrás de él insistiendo. Por fin, consiguió producir un bolo, una pelotita dura y minúscula de no más de dos centímetros y medio de diámetro , toda llena de una especie de semillas, semillas enteras, sin digerir. Entonces recordó. La primera noche que había pasado en Albuquerque había ido a un restaurante mejicano y había comido un montón de pimiento de Jalapa. Eran semillas de jalapeño. Y aquel bolo era un objeto bastante miserable hasta para el mundo cerotil. Así que Conrad le ató alrededor una cinta rosa, con lazada y todo, y lo puso en el vasito de papel y lo entregó en el laboratorio. Curiosos por los extremos de la cinta que salían por los lados, todos los técnicos se acercaron a mirar. Conrad soltó una cadena de carcajadas, muy parecidas a las que habría podido soltar Wally, pero nadie se unió a la broma . Los médicos de Lovelace contemplaron el bolo encintado y luego miraron  a Conrad… como si fuese un insecto en el parabrisas del majestuoso vehículo del progreso médico.

Tom Wolfe, Lo que hay que tener.

Si lo piensas bien… en cierto sentido… podría haberlo escrito Stephen King…

Muroc quedaba al norte del estado, en las elevadas planicies del desierto de Mojave. Era como un paisaje fósil al que el resto de la evolución terrestre hubiese dejado atrás hacía mucho. Estaba lleno de inmensos lechos de lagos secos, de los cuales el lago Rogers era el mayor. La única vegetación, aparte de los matorrales de artemisa, eran yucas, retorcidas extravagancias del mundo vegetal que parecían un cruce entre cactus y bonsái japonés. Eran de color verde oscuro petrificado y con ramas horriblemente tullidas. Al oscurecer, las yucas se alzaban perfilándose en el páramo fósil como una pesadilla artrítica. En el verano, la temperatura alcazaba los 43º como cosa normal, y los lechos de los lagos secos se cubrían de arena y había huracanes y tormentas de arena que parecían recién sacas de una película de la Legión Extranjera. De noche, la temperatura descendía casi hasta el punto de la congelación, y en diciembre empezaba a llover y los lagos secos se llenaban con unos centímetros de agua, una especie de pútridas gambas prehistóricas salían del fango y las gaviotas llegaban volando desde el mar, a más de cien kilómetros, pasando las montañas, para atracarse de aquellos culebreantes y pequeños atavismos. Había que verlo para creerlo: bandadas de gaviotas en el aire en medio del desierto en pleno invierno y pastando crustáceos antediluvianos en el fango primordial.

Tom Wolfe, Lo que hay que tener. (Ya había hablado de la genialidad cómica de Tom Wolfe.)