Bien, ha llegado la hora de meterle mano.

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Post scríptum: Me venció el sueño anoche a diez páginas de concluir No apto para mujeres, publicada originalmente en 1972 por P.D. James. Le había hincado el diente con ganas —por devoción a la autora, por afecto a la protagonista, Cordelia Gray—, y sin embargo, qué decepción, qué decepción tan miserable.

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El pasado sábado me sentí un poco decepcionado cuando descubrí que William Treadgold, autor de Breve historia de Bizancio, dedicaba a la caída del Imperio no más de dos párrafos mal contados. Me refiero al momento fatal, por supuesto, no al largo y tristísimo período de decadencia constantinopolitana, que Treadgold desarrolla con toda la amplitud que un relato que se pretende sintético permite. Por desquitarme, ese mismo día compré en Amazon La caída de Constantinopla de Runciman, considerada, me parece, la crónica definitiva del colapso, frente a las tropas del inicuo Mehmet II, de aquel imperio formidable al que algún impío ha despachado como «un largo repertorio de declamaciones y milagros, una desgracia para la mente humana».

Fiebre del sábado noche, ¿no salta a la vista? Siempre con un pie en la pista de baile.

He pagado cinco con cincuenta por el ejemplar de segunda mano que aparece en la fotografía. Por alguna razón No apto para mujeres, al igual que Hijos de hombres, ambas de la inolvidable P.D. James, ha permanecido suspendida durante varios años en el limbo editorial de los libros descatalogados. No apto para mujeres fue la presentación en sociedad de la inopinada detective privado Cordelia Gray, que haría una segunda aparición estelar —muy muy impresionante, si mi juicio significa algo— en La calavera bajo la piel, una de mis novelas de misterio favoritas.

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He terminado la Historia de Roma de Montanelli hace cosa de cinco minutos. Gran lectura, un poco lóbrega durante los últimos capítulos, cuando la decadencia y caída del Imperio profiere los mismos gritos de patetismo desquiciado que uno reconoce en las calles del Occidente de hoy día. Salviano dejó dicho que Roma ríe y muere; nosotros compartimos ese espíritu final y jacarandoso.

El hombre debe tener el coraje de vivir de acuerdo con sus convicciones. Si usted acepta, como acepto yo absolutamente, que esta vida es todo lo que tenemos, que morimos como animales, que todo lo que nos rodea se pierde irrevocablemente, que nos hundimos en las tinieblas sin espereanza, esa convicción tiene que influir en la forma en que uno vive su vida.

Dijo Ambrose Gorringe en La calavera bajo la piel de P.D. James.

En Amazon y en Casa del Libro.

Mientras leía El capitán y el enemigo reparé en que en ocasiones Graham Greene fuerza una línea de diálogo en boca de algún personaje menor para propiciar una demostración de ingenio por parte del protagonista. Se trata de un truco un poco tosco, si uno considera los enormes méritos literarios de Greene. El lector se da cuenta enseguida de que ha sido víctima de un pequeño engaño, o, peor todavía, de que ha sido considerado lo bastante inepto como para ser objeto de una trampa carente de sutileza. El principal problema consiste en que uno reconoce al escritor situado detrás de los personajes, y de repente recuerda que lo que sostiene entre sus manos es una obra de ficción. Por otro lado, Greene posee esta habilidad cómica:

—Mi padre estaba callado (quizá meditaba sobre la moral), y yo, por decir algo, pregunté por mi tía.

—No podría estar peor —dijo mi padre.

En el respetable ambiente del Reform Club me pareció oportuno mentir cortésmente.

—Lo siento —dije.

—Para ser exactos —prosiguió mi padre con fruición—, murió anteayer. Después de llamarme para decirme que Liza estaba en el hospital. Fue una pécora hasta el fin. No te ha dejado nada, ni a mí tampoco. Todo,  a una residencia canina.

O también:

—No es un Roll. Pero no está mal, dadas las circunstancias.

—¿Me enseñará a conducirlo?

—No. A tu edad, eso va contra le ley. Y a propósito de ley —le dijo a Liza—, me parece que hay ciertas leyes sobre la educación, pero que me ahorquen si sé qué dicen. Jim sabe leer y escribir, ¿qué más necesita un chico? Lo demás se aprende con la vida. De todos modos, algunas cosas puedo enseñárselas yo mejor que cualquier maestro.

—¿Las ciencias?

—Bueno, de ciencias no sé mucho. Pero no me parece que Jim vaya para científico.

—¿Religión?

—Eso es más propio de mujeres. Encárgate tú.

—Yo tampoco sé mucho de religión.

—Dale una Biblia y que vaya leyendo. A un chico no puedes imponerle la religión a la fuerza. O la aprendes con la vida o no la aprendes.

—Y supongo que tú no la has aprendido.

—Es mucho suponer. […]