Se apeó del taxi un hombre alto, ya entrado en años. Vestía impermeable y sombrero negro y llevaba en la mano una desvencijada maleta. Pagó al conductor, volvióse y permaneció inmóvil, con la mirada fija en la casa. El taxi se alejó y desapareció por la esquina de la calle Treinta y seis. Kinderman partió rápidamente detrás de él para seguirlo. Al doblar la esquina vio que el hombre de edad seguía parado bajo la luz de la lámpara de la calle, en medio de la neblina, como un melancólico viajero congelado en el tiempo.

William Peter Blatty, El exorcista.

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—¿Y cómo es que un psiquiatra se metió a cura? —preguntó.

Él estaba ansioso por saber cuál era el problema urgente del que ella le había hablado por teléfono. «Se ve que tantea el camino —pensó—, pero ¿hacia dónde?» No debía presionarla. Ya vendría… ya vendría.

—Es al revés —la corrigió amablemente—. La Compañía…

—¿Quién?

—La Compañía de Jesús, o sea, los jesuitas.

—¡Ah, ya!

—La Compañía me hizo estudiar psiquiatría y medicina.

—¿Dónde?

—En Harvard, en el Johns Hopkins, en el Bellevue.

De repente se dio cuenta de que quería impresionarla. ¿Por qué?, se preguntó, y en seguida dio con la respuesta en los barrios pobres de su niñez, en los gallineros de teatro en el East-Side. El pequeño Dimmy con una estrella de cine.

William Peter Blatty, El exorcista.

En la adaptación cinematográfica no vemos nada de esto*, y es una lástima, porque se trata de una fuerte motivación del carácter del padre Karras y guarda una estrecha relación con el terrible estado emocional en el que se encuentra cuando se enfrenta al exorcismo de Regan MacNeil. Estoy releyendo El exorcista por enésima vez y sigo convencido de que es una novela de grandes personajes. El detective de homicidios William Kinderman, por ejemplo. Por no mencionar al astuto, astuto demonio.

(Y qué trabajo extraordinario hizo Ellen Burstyn.)

*En realidad vemos una parte sustancial de esto; es sólo que la película no puede adentrarse allí donde penetra el libro. Creo que debo ser más justo, y preciso.

«No podía desprenderse de la premonición».

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El hombre vestido de caqui merodeó por las ruinas. El templo de Nabu. El templo de Istar. Sintió vibraciones. En el palacio de Asurbanipal se quedó mirando, de reojo, una pesada estatua de piedra caliza, in situ: alas irregulares, pies con garras, bulboso pene saliente y rígida boca, que se estiraba en una sonrisa maligna. El demonio Pazuzu.

De repente lo abrumó una certeza.

Lo supo.

Aquello se acercaba.

William Peter Blatty, El exorcista.

Pazuzu le teme

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… peligro. Todavía no  [indescifrable] morirá. Poco tiempo. Ahora el [indescifrable]. Déjala que se muera. ¡No, no, es dulce! ¡Es dulce en el cuerpo! ¡Yo lo siento! Hay [indescifrable]. Hay [indescifrable]. Mejor [indescifrable] que el vacío. Temo al sacerdote. Danos tiempo. ¡Temo al sacerdote! Él es [indescifrable]. No, éste no; el [indescifrable], el que [indescifrable]. Está enfermo. ¡Ah!, la sangre, siente la sangre, cómo [¿canta?].

William Peter Blatty, El exorcista.

El exorcista, de William Peter Blatty

Prólogo, Irak del Norte

El ardiente sol hacía brotar gotas de sudor de la frente del viejo, pese a lo cual, éste cubrió con sus manos la taza de té humeante y dulce, como si quisiera calentárselas. No podía desprenderse de la premonición. La llevaba adherida a sus espaldas como frías hojas húmedas.

La excavación había terminado. El informe había sido revisado muy cuidadosamente, paso por paso; el material, extraído, observado, rotulado y despachado: perlas y collares, cuños, falos, morteros de piedra molida manchados de color ocre, ollas pulidas. Nada excepcional. Una caja asiria de marfil, para productos de tocador.  El hombre. Los huesos del hombre. Los quebradizos restos del tormento cósmico que una vez le hicieran preguntarse si la materia no sería Lucifer que volvía en busca de Dios hacia arriba, a tientas. Y, sin embargo, ahora sabía que no era así. La fragancia de las plantas de regaliz y tamarisco atraía su mirada hacia las colinas cubiertas de amapolas, hacia las llanuras de juncos, hacia el camino irregular sembrado de rocas que se precipitaba en pendiente hacia el abismo. Al Norte estaba Mosul; al Este, Erbil; al Sur, Bagdad, Kirkuk y el ardiente horno de Nabucodonosor. Movió las piernas debajo de la mesa que estaba frente  a la solitaria choza, junto al camino, y miró las manchas de hierba en sus botas y en sus pantalones color caqui. La excavación había terminado. ¿Qué vendría ahora? Quiso sacudirse el polvo de sus pensamientos como lo hacía con los tesoros inanimados, pero no pudo ordenarlos.

I, El comienzo

Como el maldito y fugaz destello de explosiones solares que sólo impresionan borrosamente los ojos de los ciegos, el comienzo del horror pasó casi inadvertido: de hecho fue quedando olvidado en la locura de lo que vino después, y quizá no lo relacionó de ningún modo con el horror mismo. Era difícil de juzgar.

El exorcista, William Peter Blatty.