La élite que se encierra en una abadía encastillada. De qué me suena…

A decir verdad la licencia carnavalesca de aquella noche era casi ilimitada; pero la figura en cuestión había superado lo más excesivo y traspasado hasta los límites del equivoco decoro del príncipe.

Detente si no has leído La máscara de la Muerte Roja:

[…] Y uno por uno fueron cayendo los alegres libertinos por las salas de la orgía regadas de sangre, y cada cual murió en la desesperada postura de su caída. Y la vida del reloj de ébano se extinguió con la del último de aquellos licenciosos. Y las llamas de los trípodes, expiraron y la tiniebla y la ruina y la Muerte Roja tuvieron, sobre todo aquello, ilimitable dominio.

La máscara de la Muerte Roja, Edgar Allan Poe.

El creciente, apoteósico horror sensorial…

Me recuerdan también no sé qué vago espanto que experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese corazón. Después, el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me rodeaba. Cual si quienes me transportaban, un cortejo de fantasmas, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubieran detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una memoria que se agita en lo abominable.

El pozo y el péndulo, Edgar Allan Poe. Magnífico, a pesar de la pegajosa propaganda afrancesada.

Con la frente pegada al cristal…

… estaba yo así dedicado a escudriñar la multitud, cuando de repente apareció ante mis ojos el rostro de un viejo decrépito, de unos sesenta y cinco o setenta años; una cara que en seguida absorbió mi interés a causa de su expresión. No había yo visto nunca antes nada ni remotamente parecido a ésta. Recuerdo bien que mi primer pensamiento, al verla, fue que Retzch, de haberla observado, la hubiera preferido con mucho para sus interpretaciones pictóricas del demonio. Cuando intentaba, durante el breve instante de mi primer vistazo, efectuar algún análisis del sentimiento transmitido, noté surgir, confusas y paradójicas, en mi espíritu unas ideas de gran lucidez mental, de cautela, de ruindad, de avaricia, de frialdad, de maldad, de sed sanguinaria, de triunfo, de alegría, de excesivo terror, de intensa y suprema desesperación. Me sentí singularmente alerta, sobrecogido, fascinado.

Un hombre entre la multitud, Edgar Allan Poe.

Submundo…

—Carezco de nombre en las regiones donde moro —dijo la voz lúgubremente—. Antes fui mortal; ahora soy un demonio. Fui inflexible, pero ahora soy compasivo. Tienes que notar cómo tiemblo. Mis dientes castañetean cuando hablo, y no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes descansar tranquilamente? Los lamentos de esos interminables dolores me impiden el reposo. No puedo resistir más esa visión. ¡Levántate! Ven conmigo, salgamos a la Noche, y déjame descubrirte las tumbas. ¡No es una visión dolorosa? ¡Mira!

El enterramiento prematuro, Edgar Allan Poe.