Bien, ha llegado la hora de meterle mano.

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Post scríptum: Me venció el sueño anoche a diez páginas de concluir No apto para mujeres, publicada originalmente en 1972 por P.D. James. Le había hincado el diente con ganas —por devoción a la autora, por afecto a la protagonista, Cordelia Gray—, y sin embargo, qué decepción, qué decepción tan miserable.

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El pasado sábado me sentí un poco decepcionado cuando descubrí que William Treadgold, autor de Breve historia de Bizancio, dedicaba a la caída del Imperio no más de dos párrafos mal contados. Me refiero al momento fatal, por supuesto, no al largo y tristísimo período de decadencia constantinopolitana, que Treadgold desarrolla con toda la amplitud que un relato que se pretende sintético permite. Por desquitarme, ese mismo día compré en Amazon La caída de Constantinopla de Runciman, considerada, me parece, la crónica definitiva del colapso, frente a las tropas del inicuo Mehmet II, de aquel imperio formidable al que algún impío ha despachado como «un largo repertorio de declamaciones y milagros, una desgracia para la mente humana».

Y por esto no se pueden tener cosas bonitas.

A pesar de todas sus victorias en las fronteras, Nicéforo había perdido el favor de la población y de los burócratas de Constantinopla, que el emperador sólo visitaba ocasionalmente. La hambruna persistía y algunos personajes poderosos se sentían abandonados por su emperador, entre ellos la emperatriz Teófano y el doméstico de Oriente Juan Tzimisces. La emperatriz y el general urdieron una inteligente conspiración para eliminar a Nicéforo, casarse y reinar junto  a los hijos de la emperatriz. A finales del año 969, Tzimisces y algunos partidarios asesinaron al emperador mientras éste dormía en palacio.

Éste fue probablemente el asesinato menos justificable de un emperador en toda la historia bizantina hasta la fecha. No obstante, después de que Juan destituyese a algunos de los seguidores de Nicéforo, casi nadie en la capital puso objeciones al crimen. El patriarca Polieucto, que había criticado el matrimonio de Nicéforo y su legislación sobre las tierras de la Iglesia, aceptó coronar a Juan a condición de que donase sus propiedades personajes a los necesitados, castigase a sus cómplices y exiliara a Teófano. Juan aceptó; ejecutó a dos de sus amigos, envió a Teófano a un convento y fue coronado emperador.

Breve historia de Bizancio, Warren Treadgold.

Durante los diez años posteriores a la revuelta de Artavasdo, que se había mostrado favorable a los iconódulos, Constantino [V] 2apenas tomó medidas para imponer la iconoclasia. La prohibición de los iconos instituida por León siguió siendo de ley en todo el Imperio excepto en Italia central, donde el Papa era prácticamente independiente y los exarcas resistían con dificultad, hasta que los lombardos conquistaron definitivamente Ravena en el año 751. Sin embargo, Constantino creía en la iconoclasia; en el año 753 se sintió lo bastante afianzado como para convocar un concilio eclesiástico que la ratificara. El concilio se reunió en el palacio imperial de Hieria, cerca de Calcedonia. Los obispos, casi en su totalidad nombrados por Constantino o por su padre, condenaron la veneración de los iconos como herejía. Aceptaron el argumento, concebido por el propio Constantino, de que un icono de Cristo lo representaba o bien como hombre en una persona separada (lo que implicaría nestorianismo), o bien como humano y divino con una única naturaleza, lo que conduciría al monofisismo. No obstante, después del concilio el emperador no actuó en contra de quienes veneraban iconos en privado.

Breve historia de Bizancio, Warren Treadgold. Negritas añadidas, y muy bizantina observación.