Bienvenido, señor Black.

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Mister Black ha llegado a la hora del almuerzo. Empezaba a temer que se hubiera hecho tarde para que el chico de Correos viniese a casa a entregarme el paquete, pero mirad la foto. He estrenado el frasco —y conocido finalmente una fragancia sobre la que tenía grandes referencias— mientras me encuentro convaleciente de un horrible resfriado que el viernes por la noche me dejó postrado bajo el peso de este conocido dúo cómico compuesto por dispersos dolores musculares y burbujas de mercurio que se mueven y oprimen los lados de mi cabeza. El mismo día por la mañana me felicitaba de haber cruzado a nado sin acatarrarme un invierno inusualmente apacible.

Dadas las circunstancias, era de esperar que mi estreno de Or Black careciera de toda sutileza. Con las narinas ocluidas, tan sólo el alcohol y las notas más agrestes del perfume, que no son pocas ni poco agrestes, se han abierto camino hasta los estratos inferiores de lo que supongo mi cerebro reptiliano. (No digo que posea estratos superiores de cerebro reptiliano, ni de ningún otro tipo.) Mi ilusión consiste en encontrarme mañana un poco mejor. Por cierto que he grabado un unboxing con la cámara de fotos, una Olympus E-M5 de 2013, que compré en Amazon hace un par de semanas aprovechando una oferta muy ventajosa. Quinientos euros, objetivo y flash de medio pelo incluidos. Sin embargo, que me proponga publicar el vídeo es cosa que no sé. La grabación ha sido menos radiante de lo que había esperado.

Anoche ya tarde pasaron Zodiac por TCM. La vi por segunda vez desde la semana pasada. Luego sentí vergüenza cuando consulté la página de la película en IMDB y observé que le había puesto un miserable cinco no sabría decir cuándo. Recuerdo que aquella primera vez aborrecí la impudicia de las escenas más escabrosas de la película; y, aunque todavía me hacen sentir incómodo y no estoy convencido de que el drama exija los sanguíneos primeros planos de los asesinatos, imagino que he aprendido a transigir. Con la edad me estoy convirtiendo en todo un contemporizador, ¿no os parece? Si dispongo del tiempo suficiente, quizá termine venciendo la correosa veta de puritanismo que envuelve mis entrañas. ¿Seré entonces un hombre mejor? Ah, qué pregunta.

Lo dejo aquí, esta noche pasan La semilla del Diablo. (Nunca sé si debo escribir «diablo» con mayúsculas; temo que el Señor de las Profundidades, Portador de la Luz, Hijo de la Mañana, Príncipe de las Potencias del Aire, el gallardo de todos los hermosos títulos, de acuerdo con Kenneth Toomey, interprete las minúsculas como una ofensa personal.)

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Creo que aquí hay el comienzo de una deliciosa novela cómica de Tom Sharpe: «My friend from Kenya used to wear it a lot when we were studying medicine in Nepal way back in 1994». En realidad lo escribe un tal Tropicalstorm en su reseña de One Man Show, perfume de la casa Jacques Bogart al que le he echado el ojo por ninguna razón en particular, salvo quizá que estos días —de nuevo, no podría precisar un motivo— tengo el ánimo nostálgico y la vista puesta veinte años atrás. El perfume cuesta sólo catorce euros en Amazon, pero no desearía abusar: estoy considerando la compra de Vintage de John Varvatos y de Or Black de Pascal Morabito, esta vez sí, con la intención de enseñorearme. Y en ese plan.

En cuanto a las reseñas de One Man Show en Basenotes, no os perdáis esta perla: «A blind buy for me – and I don’t regret it, although the One Man Show in question is more likely to be at a public urinal than a piano recital – although if the latter were the case, you could probably smell it on the other side of the auditorium». La escribe Tucker (no puedo enlazar directamente a su reseña).

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