Tom PI

Tom Piccirilli ha muerto. Tuve noticia esta tarde, cuando caí en la cuenta de que habían pasado varios meses desde la última vez que consulté su perfil en Facebook para interesarme por su estado de salud. Sabía que sufría cáncer cerebral, sin entrar en detalles. Escribí su nombre en el buscador del móvil y el primer resultado, de la Wikipedia, proporcionó la fecha de su fallecimiento. 11 de julio. Se cumple un mes mientras escribo estas líneas.

Recuerdo que publiqué un comentario ligeramente desfavorable sobre su novela Clase nocturna en un blog que mantuve durante una temporada hace cosa de diez años, y que él dejó escrita en inglés su gratitud por tomarme la molestia de mencionar su trabajo. Imagino que no entendió el contenido de mi crítica, pero eso poco importa. Fue muy amable por su parte. Yo le agradecí su respuesta con cierta suspicacia, pues no podía estar seguro de que efectivamente se tratara de él, y Piccirilli respondió que se había pasado la vida intentando ser cualquier otra persona, ¿quién desearía usurpar su lugar? Si alguien abrigaba ese deseo es cosa que no sé, y en cualquier caso no sería más que una fantasía imposible. Ni el suyo ni ningún otro espacio, vacío cuando morimos u ocupado magramente mientras lanceamos en este mundo, es susceptible de mudar de inquilino. La posición que ocupamos  a este lado de la gran niebla es única, exclusiva. Lamento saber que ahora la viuda ha de sufrir su pérdida.