Mientras leía El capitán y el enemigo reparé en que en ocasiones Graham Greene fuerza una línea de diálogo en boca de algún personaje menor para propiciar una demostración de ingenio por parte del protagonista. Se trata de un truco un poco tosco, si uno considera los enormes méritos literarios de Greene. El lector se da cuenta enseguida de que ha sido víctima de un pequeño engaño, o, peor todavía, de que ha sido considerado lo bastante inepto como para ser objeto de una trampa carente de sutileza. El principal problema consiste en que uno reconoce al escritor situado detrás de los personajes, y de repente recuerda que lo que sostiene entre sus manos es una obra de ficción. Por otro lado, Greene posee esta habilidad cómica:

—Mi padre estaba callado (quizá meditaba sobre la moral), y yo, por decir algo, pregunté por mi tía.

—No podría estar peor —dijo mi padre.

En el respetable ambiente del Reform Club me pareció oportuno mentir cortésmente.

—Lo siento —dije.

—Para ser exactos —prosiguió mi padre con fruición—, murió anteayer. Después de llamarme para decirme que Liza estaba en el hospital. Fue una pécora hasta el fin. No te ha dejado nada, ni a mí tampoco. Todo,  a una residencia canina.

O también:

—No es un Roll. Pero no está mal, dadas las circunstancias.

—¿Me enseñará a conducirlo?

—No. A tu edad, eso va contra le ley. Y a propósito de ley —le dijo a Liza—, me parece que hay ciertas leyes sobre la educación, pero que me ahorquen si sé qué dicen. Jim sabe leer y escribir, ¿qué más necesita un chico? Lo demás se aprende con la vida. De todos modos, algunas cosas puedo enseñárselas yo mejor que cualquier maestro.

—¿Las ciencias?

—Bueno, de ciencias no sé mucho. Pero no me parece que Jim vaya para científico.

—¿Religión?

—Eso es más propio de mujeres. Encárgate tú.

—Yo tampoco sé mucho de religión.

—Dale una Biblia y que vaya leyendo. A un chico no puedes imponerle la religión a la fuerza. O la aprendes con la vida o no la aprendes.

—Y supongo que tú no la has aprendido.

—Es mucho suponer. […]

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Vaya, mirad lo que tenemos aquí. La semana pasada leí Historia de los griegos, imagino que lo natural es meterle mano ahora a Historia de Roma y, luego, a Historia de la Edad Media. Cuando termine con The story of Christianity de David Bentley Hart, claro.

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