Que alguien in extremis y que llama en su auxilio a una antigua amante sólo pudiera obtener por respuesta una exclamación de repugnancia me llenaba de terror.

Lawrence Durrell,  Justine.

Oh, cielos, acabo de echar un vistazo en Google Maps a la calle en la que viví durante mi último año de estudiante en Sevilla, hace ya casi una década, y de repente siento deseos de echarme a llorar. Nostalgia y anhelo, imagino. Desearía volver a Sevilla; no es que tenga muy buenos recuerdos de aquella época, pero supongo que eso podría cambiar. He madurado y demás. Recuerdo la tienda de Todo a 100 que había junto a la puerta del edificio en Beatriz de Suabia, donde compré un cortaúñas, al que le perdí el rastro hace tiempo, y una lima que conservo en mi balda del armario del cuarto de aseo; la lima tiene algunas manchas de óxido pero funciona a las mil maravillas.

bs

«Alguien ha ocasionado la infelicidad de Fred y alguien tiene que pagarlo. Ojo por ojo y diente por diente». Si se cree en Dios, es posible dejar la venganza en sus manos, pero es absurdo confiarla en la Unidad, en el Espíritu Universal. La venganza pertenecía a Ida, así como la recompensa. En resumen, una boca mórbida y empalagosa besada en un taxi y las manos que se aprietan en los cines constituían el único premio.

Escribe Graham Greene en Brighton Rock. Ida se maneja con una teología muy sencilla y lapidaria.

¡Campbell muerde!

Hoy día, como hace sesenta, setenta y ochenta años, Roy Campbell desataría los mismos arrebatos de furia procedentes de sectores muy específicos de la sociedad si su nombre tuviese todavía la vigencia que merece, pero no es el caso; Campbell ha sido olvidado para deshonra de todos. Y me pregunto si la palabra «olvidado» no implicará un cierto sentido de arbitrariedad, como si en realidad no se tratase más bien de uno de esos casos en los que un artista es borrado del corpus por motivos que nada tienen que ver con el arte y todo con la política. La anécdota que reproduzco abajo no sólo muestra lo que quiero decir cuando hablo de «desatar arrebatos de furia», sino también la socarronería y el sentido del humor, bastante mordaz y muy satírico, que tantos problemas le causó en vida.

‘Tess’ baby [su nieto] is doing fine,’ Roy wrote to Charles Ley in February 1995. ‘His name — Francisco . The father called him after Frank Sinatra: but we say we called him after the Caudillo.’

El padre de la criatura, por cierto, se fugó con una acaudalada ciudadana suiza dos semanas después de la boda con la hija de Campbell.